Caribeña.

15:59

Despertar con el cantar de un gallo en plena ciudad, un gallo que canta todos los días a las 3:30 am, puntual, que advierte el latido de los perros de la cuadra, como si le dieran las gracias por despertarlos.

El sonido burbujeante del agua dentro de la greca, el olor a café, a café dulcito... guayoyo.

El cantar de los gorriones haciendo su nido en el árbol de cayeno, ese que está plantado a la entrada de mi casa.

La palmera, el sol ardiente, el olor caribeño que sabe a mango fresco, que huele a playa.

El cielo más azul del mundo, más azul que su reflejo en el mar profundo, el color canela de sus hombros dulces.

La sonrisa de 7 perlas, el cacao oscuro de sus ojos.

El calor inclemente de la tarde, la neblina besando el suelo por las noches.

La sangre subiendo a los cachetes chapeados por el frío, el abrazo caliente de mi madre al llegar a casa.

Los colores de la tarde y las lucesitas en la noche, danzando al son de las chicharras, titilando sus melodías de marzo.

La brisa caliente como un beso del sol, la sonrisa de la luna mirando su reflejo en el pozo de río al comenzar la montaña.

Tan seductora y valiente, tan inmortal y golpeada, llevo el olor a tierra mojada en el pelo, llevo la marca del sol en la piel, porque me dueles al centro y  a la izquierda, porque te quiero volando y libre.

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